Las montañas del Norte.

Continuamos ruta sobre dos ruedas pero ahora a lomos de dos viejas motos rusas. Acoplamos las alforjas en la moto y salimos hacia el Norte. Los primeros kilómetros los peores (embrague, marchas, frenos al revés...) en medio de un denso tráfico. Además este día somos testigos de un accidente de moto, en el que el piloto yace en el suelo ante la mirada pasiva de la muchedumbre. Nos acercamos, le atendemos, pero muy poco podemos hacer, por lo que en cuanto aparece la poli desaparecemos. El altercado nos hace conducir con más prudencia todavía.
Nos internamos en las montañas y la carretera se torna solitaria. Los rasgos de la gente empiezan a cambiar. No obstante en esta región fronteriza con China y con Laos, alberga a medio centenar de minorías étnicas. Estas viven en unas condiciones difíciles, pues al duro clima y abrupta orografía, se les une la represión por parte de la cultura mayoritaria viet, obligándoles a abandonar comportamientos culturales muy arraigados y a sustituir su forma de vida nómada por otra sedentaria.
El frío y la humedad encima de la moto nos obligan a
abrigarnos con toda la ropa que llevamos en las alforjas. Nos reímos al recordar cuando nos avisaban del frío que hacía en el Norte de Vietnam y de nuestra orgullosa contestación: -“en nuestro pueblo sí que hace frío”. Ahora cuando muertos de frío observamos como niños con poca ropa y los pies descalzos corretean a nuestro alrededor, comprendemos lo afortunados que somos al vivir donde y como vivimos.
El viaje en moto no resulta menos duro que la bici, pues aunque no debamos dar pedales, el mal estado de las carreteras (muchas de ellas en construcción) hacen que las etapas no sobrepasen los cien kilómetros. De esta forma llegamos al famoso pueblo de Sapa, donde todos los fines de semana multitud de gente de diferentes etnias bajan de las montañas al mercado ataviadas con sus ropas tradicionales. Algunas mujeres lucen un lacado de color negro en los dientes, símbolo de belleza y elegancia.

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